La paradoja de la "pasión" laboral
Una mirada satírica sobre cómo la tolerancia selectiva directiva termina recayendo en las espaldas de quienes sostienen la operación diaria.
Hay una escena que se repite con alarmante frecuencia en instituciones, oficinas y centros educativos de todo tipo: la gestión del caos mediante el doble rasero.
Imaginemos la escena perfecta. Por un lado, una masa entusiasta desborda los pasillos inundándolo todo de espuma, jabón y desorden. Las figuras de autoridad observan con una sonrisa complaciente, aplauden la iniciativa y la bautizan con términos grandilocuentes: «¡Excelente! ¡Están expresando su creatividad!». Para la cúpula, la ausencia de límites no es descontrol; es innovación, libertad y dinamismo.
"Si las consecuencias del caos no las sufren quienes lo permiten, la permisividad siempre vestirá el traje de la benevolencia."
La culpa viaja hacia abajo
Sin embargo, la historia no termina con el aplauso. Tan pronto como las cámaras se apagan y los "creativos" o "emprendedores" se retiran a descansar, la narrativa cambia drásticamente. En el baño, entre el desastre absoluto, la misma figura directiva señala con severidad a la persona con el mocho en la mano:
Las 3 leyes no escritas del Doble Rasero Institucional
- 1. El desorden es "visión", la limpieza es "obligación": Quien rompe las reglas o genera trabajo extra suele ser percibido como intrépido; quien debe reparar el daño simplemente "cumple (o no) con su deber".
- 2. La "pasión" como sustituto de los recursos: Cuando los medios faltan o la carga es inasumible, el discurso corporativo apela a la "falta de compromiso" del empleado para justificar el colapso.
- 3. La desconexión jerárquica: Es facilísimo celebrar el entusiasmo desmedido cuando uno no tiene que pasar la fregona al final de la jornada.
Reflexión final
Tanto en las aulas como en los departamentos operativos de cualquier organización, la verdadera eficiencia no consiste en aplaudir el desorden desde la barrera mientras se exige milagros a la base. Un liderazgo maduro no confunde la permisividad con la innovación, ni traslada el coste de sus omisiones a los hombros del trabajador más vulnerable.







